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(Dictada por ella y escrita por su doncella.) Ser cruel y malhechor, ¿Cuándo te cansarás de perseguirme? ¿No te basta haberme atormentado, degradado, envilecido? ¿Quieres torturarme hasta en la paz del sepulcro? ¡Qué! En esta mansión de tinieblas en que forzosamente me ha enterrado la ignominia, ¿han de acongojarme las penas sin descanso, ha de ser desconocida la esperanza? No imploro una gracia que no merezco; para sufrir sin quejarme basta con que no excedan mis sufrimientos a mis fuerzas. Pero no hagas mis tormentos insoportables. Déjame los dolores, pero quítame el recuerdo cruel de los bienes perdidos. Ya que tú me los arrebataste, no vuelvas a trazar ante mis ojos su imagen desoladora. Yo era inocente y estaba tranquila, y hasta que te vi no perdí el reposo; oyéndote llegué a ser criminal. Autor de mis faltas, ¿qué derecho tienes tú a castigarlas? ¿Dónde están los amigos que me acariciaban? ¿dónde están? Mi infortunio les espanta; ninguno se atreve a acercarse a mí. Estoy oprimida y me niegan su auxilio. Me muero y no me llora nadie. Todo consuelo se me rehúsa. La compasión se detiene al borde del abismo en que el criminal se hunde. Los remordimientos le desgarran el corazón y no hay quien oiga sus lamentos. Y tú, a quien he ultrajado; tú, cuya estimación aumenta mi suplicio; tú, que eres quien tiene el derecho de vengarse, ¿qué haces lejos de mí? Ven a castigar una mujer infiel. Haz que al menos los tormentos que sufra sean merecidos. Ya he querido alguna vez someterme a tu venganza, pero me ha faltado el valor para confesarte tu vergüenza. No era por disimulo, era por respeto. Que esta carta, por lo menos, te demuestre mi arrepentimiento. El cielo ha hecho suya tu causa y te venga de una injuria que ignorabas. El cielo trabó mi lengua y contuvo mis palabras. Temería que tú me perdonases una falta que él quería castigar. Me ha sustraído a tu indulgencia que habría herido su justicia. Despiadado en su venganza, me ha entregado al mismo que me ha perdido. Sufro a un mismo tiempo por él y para él. En vano quiero huirle; me sigue, está ahí, me obsesiona sin cesar. ¡Cuán diferente es de lo que era! Sus ojos no expresan sino odio y desprecio; su boca no profiere más que reconvenciones e insultos. Sus brazos no me rodean más que para ahogarme. ¿Quién me salvará de su bárbaro furor? ¡Pero qué! Es él... No me engaño, es él... vuelvo a verle. ¡Oh! mi cariñoso amigo, ¡recíbeme en tus brazos, ocúltame en tu seno! ¡Oh, sí, eres tú, eres tú! ¿Qué funesta ilusión me había hecho desconocerte? ¡Cuánto he sufrido en tu ausencia! No nos separemos más; no nos separemos nunca. Déjame respirar. ¿No sientes cómo palpita mi corazón? ¡No es de temor, es la dulce emoción del amor! ¿Por qué esquivas mis tiernas caricias? Vuelve hacia mí tus dulces miradas. ¿Qué lazos son esos que tú tiendes a romper? ¿Por qué preparas ese aparato de muerte? ¿Quién altera así tus facciones? ¿Qué haces? Déjame, yo me estremezco. ¡Dios mío! ¿Ese monstruo todavía? Amigas mías, no me abandonéis. Vosotras, que me invitáis a huir, ayudadme a combatirle; y vosotras, que más indulgentes me prometéis aminorar mis penas, venid cerca de mí. ¿Dónde estáis? Si no me es permitido volver a veros, contestad al menos a esta carta, para que yo sepa si me amáis todavía. Déjame ya, cruel, ¿qué nuevo furor te anima? ¿Temes que no penetre hasta mi alma un dulce sentimiento? Redoblas mis tormentos, me obligas a aborrecerte. ¡Oh, qué doloroso es el odio! ¡Cómo corroe el corazón que lo destila! ¿Por qué me perseguís? ¿Qué tenéis ya que decirme? ¿No me habéis puesto así en la imposibilidad de escucharos como en la de responderos? No esperéis nada de mí. Adiós, señor. París, 5 de diciembre de 17... |
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El velo se ha descorrido, señora, en que la ilusión de mi dicha estaba pintada. La funesta verdad me ilumina, y no me deja ver más que una muerte cierta y próxima, cuyo camino me trazan la vergüenza y el remordimiento. Yo lo seguiré y bendeciré mis tormentos si abrevian mi existencia. Mando a usted la carta que recibí ayer; no añadiré ninguna reflexión, porque todas van en ella. Ya no es tiempo de quejarse, sino de sufrir. No necesito piedad, sino fuerzas. Reciba, señora, el único adiós que he de dar, y atienda mi último ruego, que es que me abandone a mi suerte, que me olvide por completo, que no cuente más conmigo en la tierra. Cuando se llega a tal infortunio, la misma amistad aumenta nuestros sufrimientos, y no puede remediarlos. Cuando las heridas son mortales, es inhumano todo auxilio. Me es extraño todo sentimiento que no sea la desesperación. Nada puede convenirme sino la noche profunda en que voy a sepultar mi vergüenza. Allí lloraré mis faltas, si es que puedo llorar todavía, porque desde ayer no he derramado ni una lágrima. Mi corazón desgarrado no puede verter más. Adiós, señora; no me conteste nada usted. En esta carta cruel he hecho el juramento de no recibir ninguna. París, 17 de noviembre de 17... |
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Sin duda, señor, después de lo que ha pasado ayer, usted no esperaba ser recibido en mi casa; y sin duda tampoco lo deseaba. Esta carta no tiene menos por objeto rogarle que no vuelva que pedirle cartas que no debieron existir, y que si han podido interesarle un momento, como prueba de la pasión que supo despertar, serán hoy sin duda indiferentes, puesto que ya no expresan más que un sentimiento que usted ha destruido. Conozco y confieso mi error al tener en usted una confianza de la que tantas otras antes que yo habían sido víctimas: a nadie acuso, yo soy tan sólo la culpable; pero creía al menos no haber merecido ser abandonada por usted al desprecio y al insulto. Creía que sacrificándolo todo a usted, y perdiendo por usted mis derechos a la estima de los demás y de la mía, podría esperar que no me juzgara más severamente por todo el mundo, cuya opinión aún separa la mujer débil de la mujer depravada y envilecida. Estas faltas son las únicas de que lo culpo; callo las del amor: su corazón no entenderá sin duda al mío. Adiós, señor. París, 15 noviembre 17... |
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Procuro escribirle, y no sé si podré conseguirlo. ¡Ah, cuando pienso en que mi carta anterior expresaba el colmo de la alegría! Es el colmo de la desesperación el que ahora me agobia; el que no me deja fuerzas para sentir mis dolores, y que impide expresarlos. Valmont... Valmont no me ama; no me ha amado nunca. El amor no desaparece así. Me engaña me vende y me ultraja. Todos cuantos infortunios y humillaciones pueden sufrirse me hieren hoy, ¡y todos vienen de él! No crea usted que es una simple suposición; estoy lejos de sospechar nada. No tengo la dicha de poder dudar. Lo he visto; ¿qué podría decirme para justificarse?... Pero nada le importa; no lo intentará siquiera... ¡Desgraciada! Inútiles eran mis lágrimas y mis reproches; ya no se ocupa de mí. Es verdad que me ha sacrificado, abandonado, y ¿a quién?, a una mujer despreciable. Pero ¿qué digo?, yo he perdido todo derecho a despreciar. Ella ha faltado menos a sus deberes, es menos culpable que yo. ¡Oh, cuán dolorosa es la pena que se apoya en el remordimiento! Siento que aumentan mis tormentos. Adiós mi querida amiga; por indigna que yo sea de su piedad, usted la tendría de mí si me viera sufrir. Pero al leer mi carta, noto que no le digo nada de lo ocurrido; quiero hacer valor para contarle el suceso. Ayer, por primera vez después de mi vuelta, debía cenar fuera de casa. Valmont vino a verme a las cinco; jamás lo encontré más tierno. Me hizo conocer que mi proyecto de salir le contrariaba, y decidí en consecuencia permanecer en casa. Sin embargo, dos horas después, y de repente, su aspecto y tono cambiaron sensiblemente. Ignoro en qué pudiera disgustarle; de todos modos, al poco fingió recordar un asunto que le obligaba a abandonarme, y se fue, no sin haberme manifestado un gran sentimiento, que me pareció tierno y sincero. Juzgué después más conveniente cumplir mi proyecto de salir, puesto que el permanecer en casa era ya inútil. Acabé mi tocado, y tomé el coche. Desgraciadamente mi cochero me hizo pasar ante la ópera, y me encontré detenida por la aglomeración de gente que salía; y noté a cuatro pasos de mí, y en la misma fila, el coche de Valmont. Latíame el corazón, pero no de temor; y mi único deseo era que mi coche avanzase. El suyo, por el contrario, se vio obligado a retroceder, y se puso al lado del mío. Avancé al momento para asomarme, y ¡cuál no sería mi sorpresa al encontrar a su lado una joven, bien conocida como tal! Me retiré, como usted supondrá; pero lo que a usted costará trabajo creer, es que esa misma joven, instruida sin duda por una odiosa confidencia, no abandonó la portezuela del coche, ni cesó de mirarme, riendo a carcajadas del modo más cínico e insultante. En mi anonadamiento, me dejé conducir a la casa en que debía cenar; pero me fue imposible permanecer allí; me sentía a cada instante próxima a desvanecerme, y sobre todo no podía contener mis lágrimas. Al entrar escribí a M. de Valmont, y le envié mi carta al punto: no estaba en su casa. Buscando a toda costa salir de tan mortal estado, o confirmarlo para siempre, mandé orden de esperarlo en su casa: pero antes de las doce de la noche mi criado volvió, diciéndome que el cochero, que había vuelto, le dijo que su amo no volvería aquella noche. Esta mañana pensé que no me quedaba más recurso que devolverle sus cartas, y rogarle que no vuelva más por mi casa. He dado órdenes en consecuencia, pero serán inútiles. Son las doce del día, y aún no ha venido, ni he recibido una letra suya. Ahora, querida amiga, nada tengo que añadir; ya está instruida, y usted conoce mi corazón. Mi única esperanza es no afligir por mucho tiempo ya la sensible amistad de usted. París, 15 noviembre 17... |
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No he recibido hasta ayer su tardía carta. Me hubiera matado, seguramente, si yo fuese dueña ya de mi existencia; pero hoy es de otro, de monsieur de Valmont. Verá usted cómo no le oculto nada. Si cree no encontrarme digna de su amistad, sepa que temo menos perderla que engañarla. Todo lo que puedo decirle que, puesta por monsieur de Valmont en la alternativa de hacer su felicidad o determinar su muerte, me decidí por el primer partido. Ni de ello me jacto, ni tampoco me acuso: digo no más lo sucedido. Comprenderá fácilmente la impresión que su carta me hizo, y las verdades que contiene. No crea, sin embargo, que ha producido pena alguna en mí, ni que pueda tampoco hacerme cambiar de sentimiento ni de conducta. No por esto dejo de tener momentos crueles, pero cuando mi corazón está más desgarrado, cuando creo no poder soportar mis dolores, digo: Valmont es dichoso; y todo desaparece ante esta idea, o más bien cambia todo en placeres. Me he dedicado en absoluto al sobrino de usted: por él me he perdido; él es el centro único de mi pensamientos, de mis deseos, de mis acciones. Mientras mi vida sea necesaria a su dicha, será preciosa para mí, y me creeré afortunada. Si alguna vez él piensa de otro modo, no oirá de mi boca queja ni reproche. Ya tengo tomado mi partido sobre el momento fatal. Ahora verá usted que poco puede afectarme el temor que parece abrigar de que haya de perderme un día Valmont; porque antes de desearlo habrá dejado de amarme; y entonces ¿a qué vamos a reproches? Él sólo será mi juez. Porque yo no viviré más que para él; en él reposará siempre mi memoria; y si él confiesa que le amo, estaré bastante justificada. Acaba usted de leer en mi corazón. He preferido la desgracia de perder su estimación por mi franqueza, a hacerme indigna de ella por el envilecimiento de la mentira. He creído deber esta confianza a las bondades de usted para conmigo. Añadir una palabra más, podría hacerle sospechar que el orgullo de contar aún con ella me inspiraba, cuando, al contrario, me hago suficiente justicia para renunciar a lo que no creo merecer. Quedo de usted, su más humilde y obediente servidora. París, 1 noviembre 17... |
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En medio de la extrañeza que han producido en mí, señora, las noticias que tuve ayer de usted, no olvido la satisfacción que a usted debe producir, y me apresuro a felicitarla. Monsieur de Valmont no se ocupa ya de mí ni de su amor, y no piensa sino en reparar, por una vida edificante, los errores de su juventud. El padre Anselmo me ha informado de ello; a él se ha dirigido como consejero de su porvenir, y también para tener una entrevista conmigo, cuyo principal objeto es devolverme mis cartas, a lo que yo sospecho, y que guardaba, no obstante mis reiteradas súplicas. No puedo menos de aplaudir tan dichoso cambio, y felicitarme de ello si, como él dice, en esto tengo alguna parte. Pero ¿por qué he de ser yo el instrumento, a costa del reposo de mi vida? ¿No puede venir la dicha de monsieur de Valmont sino aparejada a mi infortunio? ¡Oh, mi indulgente amiga, perdone usted mi queja! Yo sé que no me es posible conocer los designios de Dios; pero mientras más en vano le pido fuerzas para resistir a mi amor, él se la prodiga a quien no la pide, y a mí me desampara. Pero ahoguemos esta culpable queja. ¿No sabemos que el hijo pródigo obtuvo de su madre más gracia que el hijo fiel y sumiso? ¿Qué cuentas pediremos a quien nada nos debe? Mi falta y mi desgracia es haber cerrado los ojos durante tanto tiempo a esta verdad. Usted es testigo, mi querida y digna amiga, cómo me he sometido a este sacrificio, habiendo reconocido la necesidad de él; pero para que fuese completo, faltaba que monsieur de Valmont no lo participara. ¿Confesaré a usted que esta idea es la que ahora más me atormenta? Insoportable orgullo que dulcifica los males que sentimos, por los que hacemos sufrir. ¡Ah! yo venceré este corazón rebelde, yo le acostumbraré a las humillaciones. Para lograr este propósito he consentido en recibir el jueves próximo la penosa visita de monsieur de Valmont. Yo oiré de sus labios cómo para él ya no soy nada, que la impresión débil y pasajera que había causado en él se ha borrado en absoluto. Vere sus miradas caer sobre las mías, sin emoción, frías, mientras que el temor de mostrar mi pasión me hará bajar los ojos. Las mismas cartas que durante tanto tiempo negó a mis súplicas reiteradas, las recibiré de su indiferencia; me las devolverá como objetos inútiles y que en nada le interesan; y mis manos temblorosas, al recibir este depósito vergonzoso, sentirán que las reciben de manos firmes y tranquilas. en fin, le veré alejarse... alejarse para siempre, y mis miradas le seguirán, sin ver las suyas volverse hacia mí. ¡Y yo estaba reservada a tanta humillación! ¡Ah, que sea al menos útil para mí penetrándome del sentimiento de mi debilidad! ¡Qué lejos está el jueves! ¡que no pueda yo consumar al instante el sacrificio doloroso, y olvidar a un tiempo la causa y el objeto! Esta visita me importuna; me arrepiento de haberla concedido. ¿Para qué desea verme ya? ¿qué somos ya uno para otro? Si me ha ofendido, yo lo he perdonado. Le felicito de querer enmendar sus fallas. Haré más, lo imitaré; y seducida por los mismos errores, su ejemplo me redimirá. Pero cuando su proyecto es huir de mí, ¿a qué comenzar por buscarme? ¿Acaso lo que más urge para ambos no es que huyamos uno de otro? Sin duda; y en adelante tal será mi conducta. Si usted lo permite, mi querida amiga, será a su lado donde iré a entregarme a tan difícil retiro. Si tengo necesidad de socorro y ayuda, tal ver de consuelo, no lo admitiré más que de usted. Solamente usted sale entenderme y hablar a mi corazón. Su preciosa amistad llenará toda mi existencia. Nada me parecerá difícil para secundar los cuidados que quiera otorgarme. Le deberé mi tranquilidad, mi dicha, mi virtud; y el fruto de sus bondades será haberse hecho digna de mí misma. He divagado mucho en esta carta; lo presumo al menos por la turbación que se apodera de mí al escribirla. Si en ella hay algún sentimiento que pueda avergonzarme, cúbralo usted con su indulgente amistad. A ella me someto. No quiero ocultarle ningún movimiento de mi corazón. Adiós, respetada amiga. Espero en breve comunicarle mi llegada. París, 25 octubre 17... |
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Mi querida amiga, cedo a mi gran inquietud, e ignorando si estará usted en estado de responderme, no puedo menos de interrogarle. El estado de monsieur de Valmont, que usted me anuncia sin peligro, me intranquiliza no obstante. No es raro que la melancolía y el disgusto del mundo sean síntomas prematuros de alguna enfermedad grave; los sufrimientos del cuerpo, como los del espíritu, hacen desear la soledad; y a menudo se trata de misántropo a quien deberíamos considerar como enfermo. Me parece que debiera al menos consultar con alguien. ¿Cómo no tiene usted, también enferma, un médico cerca de sí? El mío, a quien he visto esta mañana, y a quien he consultado indirectamente, opina, que en las personas naturalmente activas esta apatía súbita no debe descuidarse, y, aludió aun que las enfermedades no ceden al tratamiento sino cuando se las ataca a tiempo. ¿Por qué abandonar a un riesgo tal a persona tan cara a usted? Lo que redobla mi inquietud, es que desde hace cuatro días, no recibo noticias suyas. ¡Dios mío! ¿No me engaña usted sobre el estado de su salud? ¿Por qué ha cesado de escribirme tan repentinamente? Si fuera acaso el efecto de mi obstinación en enviarle sus cartas, creo que hubiera podido tomar antes tan heroico partido. En fin, sin creer en presentimientos, hace unos días que me agobia una tristeza mortal. ¡Oh! ¡tal vez espero la mayor de las desgracias! Tal vez no crea usted, y vergüenza me cuesta el confesarlo, lo mucho que me apena el no recibir esas cartas que quizá aún rehusara leer. ¡Si yo estuviera segura que se ocupaba de mí! y viera yo algo suyo. Yo no las abría, es verdad, pero lloraba al contemplarlas, mis lágrimas eran más dulces y fáciles, y ellas disipaban en parte la pena que siento desde mi vuelta. Ruégole mi indulgente amiga, que me escriba tan pronto como pueda, que tenga yo noticias de usted y de él. Bien noto que apenas si le he dedicado una palabra a usted; pero conoce mis sentimientos, mi afecto sin tasa, mi tierno agradecimiento a su mucha bondad; perdonará a mi gran turbación, a mis mortales penas, y a los temores de un mal de que tal vez yo sea la causa, mi olvido de usted. ¡Dios mío! esa idea desesperante me persigue y desgarra mi corazón; ton sólo esta desgracia me faltaba, y siento haber nacido para sufrirlas todas. Adiós, mi querida amiga; ámeme, compadézcame. ¿Tendré hoy carta de usted? París, 16 de octubre de 17... |
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¡Oh indulgente madre mía! ¡Cuántas gracias tengo que darle! ¡Y cuánta necesidad tenía de su carta! La he leído y releído sin cesar, y no podía dejarla de las manos. A usted debo los únicos momentos menos penosos que he pasado desde mi partida. ¡cuán buena es usted! La prudencia y la virtud saben siempre compadecerse de la debilidad. Usted tiene conmiseración de mis males. ¡Ah! ¡Si los conociera!... ¡Son horribles! Yo creía haber experimentado las penas del amor. ¡Pero el tormento que no puede expresarse, aquel que es menester haberlo sufrido para formarse idea de él, es el separarse de lo que se ama, y separarse para siempre! ¡Sí, la pena que hoy me oprime se renovará mañana y toda la vida! ¡Dios mío, cuán joven soy todavía, y cuánto tiempo me queda para sufrir! ¡Ser una misma la que fabrique su desgracia, la que despedace su corazón con sus propias manos, y mientras que se sufren estos dolores insoportables, conocer a cada instante que una sola palabra puede hacerlo cesar, y que ésta no puede pronunciarse sin pecar! ¡Ah! ¡amiga mía! Cuando tomé el partido tan penoso de alejarme de él, esperaba que la ausencia aumentaría mi valor y mis fuerzas: ¡cuánto me he engañado! Parece, por el contrario, que ella ha acabado por destruirlas. Es cierto que tenía más que combatir; pero aun resistiendo, no era todo privación; a lo menos yo le veía algunas veces, y aun a menudo, sin atreverme a levantar los ojos para mirarle. Yo conocía que él me clavaba los suyos. Sí, amiga mía, yo lo sentía; y me parecía que me reanimaban; y aunque no los veía, no dejaban por eso de penetrar hasta mi corazón. Ahora, en mi penosa soledad, apartada de todo lo que más amo, luchando a solas con mi desgracia, todos los momentos de mi triste existencia están marcados con mis lágrimas, y nada templa mi amargura, ningún consuelo acompaña mis sacrificios; y los que he hecho hasta ahora no me han servido más que para hacerme más dolorosos los que me restan por hacer. Ayer todavía lo he experimentado vivamente. Entre las cartas que me han entregado había una de él. Estaban aún a dos pasos de mí, y ya la había distinguido entre las demás. Me levanté involuntariamente, temblaba, apenas podía ocultar mi emoción; y, sin embargo, este estado no dejaba de causarme algún placer. Habiéndome quedarlo sola un momento después, toda esta dulzura engañosa se desvaneció, y no me ha dejado sino un sacrificio más que hacer. ¿Podía abrir esa carta, que ansiaba, sin embargo, leer? Por la fatalidad que me persigue, los consuelos que se me presentan no hacen, por el contrario, sino imponerme nuevas privaciones; y éstas son más crueles todavía por la idea que me formo de que el señor de Valmont entra a la parte de ellas. He aquí, en fin, este nombre que me ocupa continuamente, y que me ha costado tanto trabajo escribir; la especie de reconvención que usted me hace acerca de él me ha alarmado verdaderamente; suplícole que crea que un aparente rubor no ha alterado mi confianza en usted; ¿y por qué temeré nombrarle? ¡Ah! me avergüenzo de mis sentimientos y no del objeto que los causa. ¡Qué otro puede haber sido más digno de inspirarlos que él! Sin embargo, no sé por qué este nombre se presenta naturalmente bajo mi pluma, y aun por esta vez he tenido necesidad de reflexionar para ponerle. Vuelvo a él. Usted me dice que le ha parecido que mi partida le ha causado una viva impresión. ¿Qué es, pues lo que ha hecho? ¿qué ha dicho? ¿Ha hablado de volver a París? Le ruego que haga lo posible para quitárselo de la cabeza. Si ha juzgado, no debe incomodarse por este paso: pero debe conocer que es un partido tomado sin remedio. Uno de mis mayores tormentos es no saber lo que piensa; tengo todavía su carta... pero usted juzga, como yo, que no debo abrirla. Usted sola, mi indulgente amiga, es la que puede hacer que no esté enteramente separada de él. No es mi ánimo abusar de su bondad. Conozco bien que sus cartas no pueden ser largas. Pero usted no rehusará dos palabras a su hija; una podrá sostener su ánimo, y otra podrá consolarla. Adiós, mi respetable amiga. París, 5 de octubre 17... |
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Amiga y muy señora mía: Usted se admirará cuando sepa que parto de su casa con tanta precipitación. Este paso va a parecerle muy extraordinario; pero su sorpresa se redoblará, luego que conozca los motivos. ¿Quizá juzgará que confiándoselo, no respeto bastante la tranquilidad necesaria a su edad, y que me extravío de los sentimientos de veneración que por tantos títulos se le deben? ¡Ah! perdóneme, señora, pero mi corazón está oprimido y tiene necesidad de desahogarse en el pecho de una amiga tan dulce como prudente; ¿y con quién podrá abrirse mejor que con usted? Míreme como a su hija. Tenga usted conmigo las atenciones de una madre; yo las imploro. Acaso tengo algunos derechos a ellas por el afecto que le profeso. ¿Qué se ha hecho de aquel tiempo en que, consagrada toda entera a estos loables sentimientos, no conocía los que, introduciendo en el alma el desorden mortal que experimento, quitan la fuerza de combatirlos al mismo tiempo que imponen la obligación de resistirlos? ¡Ah! este fatal viaje me ha perdido... ¡Qué le diré, en fin! ¡le diré que estoy enamorada, sí, que amo locamente! ¡Ay de mi! esta palabra que escribo por la primera vez, esta palabra solicitada tan a menudo y siempre negada, daría la vida por tener el consuelo de oírla una sola vez de aquél que la inspira; ¡y sin embargo es necesario rehusarla sin cegar! Sin duda que él va a dudar de mis sentimientos, y a creer que tiene motivos para quejarse de ellos. ¡Soy muy desgraciada! ¿no le es por ventura tan fácil leer lo que pasa en mi corazón como reinar en él? Sí, yo sufriría menos, si supiese lo que sufro; usted misma, a quien se lo digo, no podrá formarse todavía sino una débil idea. Dentro de algunos momentos voy a huir de él y entristecerle. Al mismo tiempo que se creerá estar a mi lado, me hallaré muy lejos de él. A la hora en que tenía costumbre de verle todos los días, estaré en sitios a donde no ha venido jamás, y donde no debo permitir que venga. Ya están hechos todos mis preparativos; todo está delante de mis ojos, y no puedo fijarlos en nada que no me anuncie mi cruel partida. ¡Todo está pronto menos yo!... y cuanto más se niega mi corazón a la salida, tanto más prueba la necesidad de realizarla. La realizaré sin duda; porque más vale morir que vivir culpable. Yo lo conozco, demasiado lo sé; no he salvado más que mi juicio, la virtud ha desaparecido. Es necesario confesárselo a usted, lo que me queda todavía, se lo debo a su generosidad. Embriagada del placer de verle, de oírle, de la dulzura de tenerla a mi lado, de la felicidad más grande de hacerlo feliz, estaba sin poder y sin fuerza, apenas me quedaba alguna para combatir, y no tenía ninguna para resistir; me estremecía a la vista del peligro sin poder evitarle. Pues ¡vea usted! Él conoció mi pena y se compadeció de mí. ¿A vista de esto podré no amarle? le debo más que la vida. ¡Ah! si yo temiera sólo perderla por estar a su lado, no crea usted que consintiera jamás en alejarme de él. ¿De qué me sirve la vida sin él, no sería demasiado feliz si la perdiera? Condenada a labrar eternamente su desgracia y la mía; a no atreverme ni a quejarme, ni a consolarle; a defenderme cada día de él y contra mí misma; afanarme en causar su dolor, cuando quisiera dedicar todos mis cuidados a su felicidad; vivir así, ¿no es morir mil veces? He aquí sin embargo la suerte que me espera. No obstante sabré sobrellevarla, y tendré valor para ello. ¡Oh! amiga mía, a quien he escogido por madre, reciba usted el juramento que hago de ejecutarlo. Reciba usted también el de que no la ocultaré ninguna de mis acciones; recíbalo, yo se lo suplico, y se lo pido como un socorro del que tengo necesidad: obligada así, a decírselo todo, me acostumbraré a creerme siempre delante de usted. Su virtud suplirá a la mía. Jamás consentiré en avergonzarme en su presencia, y contenida por este freno poderoso, mientras que la ame como a una amiga indulgente y confidenta de mi debilidad, la honraré también como a mi ángel tutelar que me salvará de la afrenta. Es verdad que es menester haberla experimentado bastante, para hacer esta solicitud. ¡Fatal efecto, una orgullosa confianza! ¿Por qué no he tenido antes esa inclinación que he sentido nacer? Por qué me he lisonjeado de poderla dominar o vencer a mi antojo? ¡Insensata! ¡conocía yo muy poco el amor! ¡Ah! ¡si le hubiera combatido con más cuidado, habría quizá tomado menos imperio! ¡acaso no hubiera sido necesaria esta partida, o aun sometiéndome a dar este paso doloroso, habría podido no romper enteramente este trato, que hubiere bastado hacerlo menos frecuente! ¡Pero perderlo todo a un tiempo! ¡y para siempre jamás! ¡Oh, amiga mía!... ¡Pero, que aún ahora que escribo ésta me dejo arrastrar todavía, de mis sentimientos criminales! ¡Ah! partamos, partamos, y que estas culpas involuntarias sean expiadas por mi sacrificio. Adiós, mi respetable amiga; quiérame usted como a su hija, adópteme por tal, y esté segura que, a pesar de mi debilidad, desearé antes morir que hacerme indigna de su elección. De..., a 3 de octubre de 17..., a la una de la mañana. |
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Muy señor mío: Tendré mucha satisfacción en que esa carta no le cause el más ligero sentimiento, y que en el caso de que le ocasione alguno, que pueda templarse con el que yo experimento al escribírsela. Usted debe conocerme bastante ahora para estar bien seguro de que mi intención no es la de afligirle, así como la de usted no será tampoco la de sumergirme en una eterna desesperación. Suplícole, pues, en nombre de la tierna amistad que le he prometido, y aun de los sentimientos quizás más vivos, pero seguramente no tan sinceros, que usted me ha manifestado, que no volvamos a vernos. Márchese pues, y hasta que esto se verifique, evitemos toda conversación particular y peligrosa, en que, por un poder inconcebible, sin lograr jamás decir a usted lo que quiero, paso el tiempo en escuchar lo que no debiera oír. No tenía otra cosa más presente ayer, cuando vino a buscarme al parque, que decirle lo que le escribo hoy, y, sin embargo, no hice más que ocuparme de su amor... de su amor... al que no debo corresponder jamás. ¡Ah! le pido por favor que se aleje de mí. No tema que mi ausencia entibie mis sentimientos hacia usted; ¿y cómo he de vencerlos, cuando no tengo ya valor para combatirlos? Usted ve como todo se lo digo; pues temo menos confesar mi debilidad, que sucumbir a ella; pero este imperio que he perdido sobre mis sentimientos, le conservaré sobre mis acciones; sí, le conservaré, y estoy resuelta a ello, aunque me cueste la vida. ¡Ah! no hace mucho tiempo que yo me creía segura de no tener que sostener jamás semejante combate. Yo me daba el parabién, y quizá me gloriaba demasiado. El cielo ha castigado cruelmente este orgullo; pero lleno de misericordia, al paso que nos castiga, nos advierte también antes que caigamos; y sería dos veces culpable si continuase en ser imprudente, conociendo mi debilidad. Cien veces ha dicho usted que no quería una felicidad comprada con mis lágrimas. ¡Ah! no hablemos ya de felicidad; pero déjeme a lo menos que recobre alguna tranquilidad. Si usted me concede lo que le pido, ¡qué nuevos derechos adquirirá sobre mi corazón! Y si éstos se fundasen sobre la virtud, no podré menos de aceptarlos. ¡Cuán agradable será mi reconocimiento! Le deberé la dulzura de gozar sin remordimientos de un deliciosa placer, cuando ahora, por el contrario, horrorizada de mis pensamientos, tiemblo ocuparme igualmente de usted que de mí. La idea sola de usted me estremece, y cuando no puedo echarla de mí, trato de combatirla; no la dejo, pero la rechaza. ¿No sería mejor para ambos el hacer cesar este estado de turbación y de ansiedad? ¡Oh, caro vizconde, cuya alma siempre sensible, aun en medio de sus errores, ha conservado amor a la virtud, tenga consideración a mi deplorable estado, y no rebase mi súplica! Un interés más dulce, pero no menos tierno, sucederá a estas violentas agitaciones. Entonces respiraré con sus beneficios; desearé vivir, y diré, en medio de la alegría de mi corazón: ¿Cree usted comprar a un precio excesivo el fin de mis tormentos, con someterse a unos ligeros sacrificios, que lejos de imponerlos, se los suplico? ¡Ah! si para hacerle feliz fuera necesario consentir en ser desgraciada, créame que no dudaría un momento en ello; para ser culpable... no, no, amigo; antes moriré mil veces. Avergonzada, y en vísperas de ser atacada por los remordimientos, temo a los otros y a mí misma. Me sonrojo cuando estoy en sociedad, y me estremezco cuando estoy sola. No arrastro ya más que una vida dolorosa, y no estaré tranquila sino cuando usted quiera. Por más loables que sean mis resoluciones, no bastan para asegurarme. He formado ésta desde ayer, y, sin embargo, he pasado toda la noche llorando. Vea a su amiga, aquella que usted ama, pedirle confusa y rendida el reposo de su inocencia. ¡Ay, Dios mío! Si usted no mediara, ¿me hubiera visto nunca precisada a hacer una súplica tan humillante? Nada le echo en cara. Demasiado conozco por mí misma cuán difícil es resistir a una pasión dominante. Una queja no es una murmuración. Haga usted por generosidad lo que yo hago por obligación, y agregárase a los sentimientos que me ha inspirado el de un eterno reconocimiento. Adiós, adiós, señor vizconde. De..., el 27 de septiembre de 17... |
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Muy señor mío: No quería responderle, y tal vez el embarazo que experimento es buena prueba de que no debiera hacerlo. Sin embargo, no quiero dejarle ningún motivo de queja contra mí; quiero más bien convencerle de que tengo hecho por usted cuanto era posible. Usted dice que le he permitido escribirme. Convengo. Pero, cuando me recuerda ese permiso, ¿piensa que he olvidado con qué condiciones lo di? Si las hubiese yo cumplido tan bien como usted las ha observado mal, dígame en verdad, ¿hubiera recibido una sola respuesta mía? Vea, sin embargo, la tercera, y, cuando usted hace todo lo que es preciso para obligarme a romper esta correspondencia, soy yo la que me ocupo de los medios de mantenerla. Uno hay, pero es el único, y si usted rehúsa emplearle, será, por más que diga, probarme lo poco que le importa. Deje, pues, un lenguaje que no puedo ni quiero oír; renuncie a un sentimiento que me ofende y me alarma, y que tal vez debería agraciar menos a usted, al pensar que es obstáculo que nos separa. ¿Qué, será este solo el sentimiento que únicamente puede usted cultivar, y el amor tendrá a mis ojos ese defecto más, el excluir la amistad? ¿Usted mismo tendría el de no querer por amiga aquella en quien hubiera deseado ver nacer otros sentimientos más tiernos? No puedo creerlo; esta idea humillante me indignaría, y me alejaría de usted para siempre. Concediéndole mi amistad, le doy cuanto me pertenece, y lo único de que puedo disponer. ¿Qué más puede desear? Para entregarme a este sentimiento tan tierno, tan hecho para mi corazón, no espero sino su consentimiento y su palabra, que exijo, de que esta amistad bastará para su felicidad. Olvidaré todo lo que se me ha podido decir, y fiaré a usted el cuidado de justificar con su conducta mi elección. Ya ve mi franqueza: ella debe probarle mi confianza, y de usted sólo dependerá el aumentarla; pero le prevengo, que la primera palabra de amor que diga, la destruirá para siempre y me devolverá todos mis temores; sobre todo, será para mí la seña de un eterno silencio con usted. Si como me dice, está corregido de sus errores, ¿no querrá ser más el objeto de la amistad de una mujer honrada, que el de los remordimientos de una mujer culpable? Quede con Dios, señor vizconde; usted conoce que, después de haberle hablado de este modo, nada puedo añadir antes de haber recibido su respuesta. En..., a 9 de septiembre de 17... |
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¿De qué le serviría, señor, la respuesta que me pide? ¿El creer sinceros sus sentimientos, no sería razón de más para temerlos? y, sin averiguar su sinceridad ¿no basta en sí, y no debe bastar a usted mismo, que yo no quiera ni deba corresponder a ellos? Supongamos que usted me amase verdaderamente (y sólo consiento en admitir esta suposición, para no volver más a hablar sobre este asunto), ¿serían menos insuperables los obstáculos que nos separan? ¿y me quedará otra cosa, sino desear que usted pueda vencer pronto ese amor, y, sobre todo, ayudarle a ello cuanto me fuese posible, quitándole toda esperanza? Usted mismo confiesa que este sentimiento es penoso, cuando el objeto que lo inspira no lo experimenta mutuamente. Sabe, pues, que me es imposible entregarme a él, y aun cuando esta desgracia me sucediese, yo sería más digna de lástima, sin que usted fuese más feliz. Me lisonjeo de que me estima bastante para no dudar nunca de ello; cese, pues, se lo ruego, en querer turbar mi corazón, que tanto necesita de serenidad; no me obligue a que me pese el haberle conocido. Querida y estimada por mi marido, que amo y respeto, mis placeres y mis obligaciones se unen en una misma persona. Soy feliz y debo serlo; si hay placeres más vivos, no los deseo, ni quiero conocerlos. ¿Puede haberlos mayores que el de estar bien consigo mismo, pasar días serenos, dormirse sin inquietud y despertar sin remordimientos? Lo que usted llama felicidad, es sólo un alboroto de los sentidos, una tormenta de pasiones cuyo espectáculo es horroroso, aun visto desde la playa. ¡Ah! ¿cómo se puede arrostrar una tempestad? ¿Cómo atreverse a navegar en un mar cubierto de los destrozos de mil y mil naufragios? ¿Y con quién? No, señor, me quedo en tierra y apetezco los vínculos que me retienen. Aunque pudiese, no los rompería, y si no los tuviese, me apresuraría a contraerlos. ¿Por qué sigue mis pasos? ¿por qué se obstina en perseguirme? Las cartas de usted, que debían ser raras, se suceden con rapidez. Debían ser razonables, y en ellas no habla sino de su loco amor. Me insidia con su idea más que lo hacía con su persona. Alejándose bajo una forma, al instante se presenta con otra. Las cosas de que se pide a usted no hable más, las repite, sólo que de otro modo. Se complace en embarazarme con razonamientos capciosos y esquiva los míos. No quiero volver a responderle. No le responderé más... ¡Cómo trata usted a las mujeres que ha seducido! ¡Con qué desprecio habla de ellas! Quiero creer que algunas lo merecen, ¿pero son todas tan despreciables? ¡Ah! sin duda, puesto que han faltado a los deberes del matrimonio para entregarse a un amor criminal. Desde aquel momento lo han perdido todo, hasta la estimación de aquel a quien todo lo han sacrificado. Este suplicio es justo; pero la sola idea llena de terror. Y en fin, ¿qué me importa? ¿por qué he de ocuparme de ellas ni de usted? ¿Con qué derecho viene usted a turbar mi tranquilidad? Déjeme, no me vea ni me escriba más, se lo ruego, y lo exijo. Esta es la última carta que recibirá de mí. En..., a 5 de septiembre de 17... |
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Muy señor mío: ¿De este modo cumple usted las condiciones con que he permitido que me escriba algunas veces? ¿Puedo no tener de qué quejarme, al que temería abandonarme, aun cuando fuese compatible con mis deberes? Fuera de ello, si tuviese necesidad de nuevas razones para conservar este saludable temor, me parece que las hallaría en su última carta. En efecto, en el momento mismo que usted cree hacer la apología del amor, ¿qué otra cosa hace, al contrario, sino demostrarme sus terribles agitaciones y trastornos? ¿Quién puede apetecer una dicha comprada a expensas de la razón, y cuyos placeres fugitivos dejan siempre pesar, cuando no sea remordimiento? Usted mismo, que por lo habituado que vive con esta especie de delirio peligroso, debe experimentar menos sus efectos, no se ve, sin embargo, precisado a convenir en que a menudo puede más que su razón, y no es usted el primero que se queja de la alteración involuntaria que le causa? Pues, ¿qué destrozo horroroso no haría en un corazón puro y sensible, que aumentaría su violencia en razón de la magnitud de las obligaciones que tendría que sacrificarle? Cree, o finge creer, que el amor conduce a la felicidad verdadera; y yo estoy tan persuadida de que causaría mi desdicha, que no quisiera oír ni siquiera su nombre. Todo bien considerado, debe serle muy fácil el concederme lo que le pido. De vuelta a París hallará bastantes ocasiones para olvidar un sentimiento, que tal vez sólo ha debido su origen a la costumbre que tiene usted de ocuparse de semejantes cosas; y su fuerza a la ociosidad de la vida del campo. ¿No se halla acaso ahora en ese mismo lugar en que me había visto con tanta indiferencia? ¿Puede usted dar en él un paso sin encontrar una prueba de su veleidad y su inconstancia? ¿Y no se halla ahí rodeado de mujeres que, siendo todas más amables que yo, tienen más derecho a sus obsequios? Yo no tengo la vanidad de que se acusa a mi sexo; aún menos tengo aquella falsa modestia que prueba sólo un orgullo más refinado; y le confieso, con la mayor sinceridad y buena fe, que distingo en mí muy pocos medios de agradar. Aun cuando los poseyese todos, no los juzgaría suficientes para fijarme en usted. Pedirle, pues, que no se ocupe más de mí, es pedirle lo mismo que usted ha hecho ya, y que seguramente volverá bien pronto a ejecutar, aun cuando yo pidiese ahora lo contrario. Esta verdad, que no pierdo nunca de vista, sería por sí sola, una razón suficiente para que yo no quisiese escucharle más. Tengo otras mil; pero, sin entrar en una discusión, me limito a pedirle, como lo tengo hecho antes, que no vuelva a escribirme, ni hablarme de un sentimiento al que no debo dar oídos, y mucho menos responder. En..., a 1 de septiembre de 17... |
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Mi señora: El Vizconde de Valmont ha partido de aquí esta mañana. Me ha parecido que lo deseaba usted tanto que he creído deber notificárselo. La señora de Rosemonde echa mucho de menos a su sobrino, cuyo trato es preciso convenir en que es muy agradable; ha pasado toda la mañana hablándome de él con la ternura de que sabe usted está dotada, y no paraba de elogiarle. He creído que yo debía tener la complacencia de escucharla sin contradecirla, tanto más cuanto que es preciso confesar que tenía razón en muchas cosas. Sabía, además, que debía yo acusarme a mí misma el ser la causa de esta separación sin esperanza de poderla desquitar del gusto de que la privaba. Sabe usted que no soy muy alegre de mi natural, y el género de vida que aquí llevamos no es hecho para mudar de carácter. Si no fuera por seguir sus consejos, temería haber obrado ligeramente; pues en realidad me ha sido muy sensible la pena de mi respetable amiga; me ha conmovido en términos que con gusto hubiera mezclado mis lágrimas con las suyas. Quédanos ahora la esperanza de que usted aceptará el convite que el señor de Valmont debe hacerle de parte de la señora de Rosemonde de venir a pasar algún tiempo en su compañía. Cree que no dudará cuán agradable me será y en realidad nos debe usted esta compensación. Celebraré mucho tener esta ocasión de conocer más pronto a la señorita de Volanges, y de hallarme en situación de poder convencer a usted de los sentimientos respetuosos con que soy su más atenta servidora, etc. En..., a 29 de agosto de 17... |
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¿Por qué, señor mío, se empeña usted en buscar el medio de disminuir mi gratitud? ¿Por qué no quiere obedecerme sino a medias, y anda regateando un honrado proceder? ¿No le basta que yo reconozca su valor? No sólo pide mucho, sino cosas imposibles. Sí, en efecto, mis amigos me han hablado de usted; no pueden haberlo hecho sino porque toman interés en lo que me concierne. Aun cuando se hubiesen engañado, no era menos buena su intención, y usted me propone que recompense esta prueba de interés descubriendo su secreto. He cometido el yerro de hablarle de ello y lo advierto bien en este momento; lo que con otro hubiese sido demasiado candor, con usted es una gran imprudencia, si accediese a lo que me pide; apelo a usted mismo y a su honradez ¿me ha creído capaz de una acción semejante? No, sin duda, yo estoy segura de que cuando lo haya pensado mejor, no volverá a reiterar esta súplica. La que me hace de que le permita escribirme, no es más fácil de conceder, y si justo ha de ser usted, no me echará la culpa de ello. No es mi ánimo ofenderle; pero teniendo la reputación que tiene y que usted mismo confiesa, ¿qué mujer osaría confesar que estaba en correspondencia con usted? ¿Y qué mujer honrada puede resolverse a ejecutar lo que conoce que se vería obligada a ocultar? Si estuviese segura, al menos, de que sus cartas fuesen tales que no me diesen motivo de queja, y pudiese a mis propios ojos justificarme de recibirlas, tal vez entonces el deseo de probarle de que me guía la razón y no el odio, me hubiera llevado a prescindir de estas consideraciones poderosas y a consentir en mucho más de lo que debiera, permitiéndole me escribiese algunas veces. Si, en efecto, lo desea tanto como me dice, se contentará de buena gana a la sola condición con que accedo permitirlo, y si agradece un poco lo que hago por usted, no diferirá en modo alguna su partida. Permítame que le observe a este propósito, que esta mañana ha recibido una carta y no se ha aprovechado de ella para anunciar a la señora de Rosemonde que debía ausentarse como me lo había prometido. Espero que ahora nada le impedirá cumplir su palabra. Sobre todo, aguardo que no esperará para hacerlo la entrevista que me pide y que no quiero de ningún modo concederle; y que en lugar de la orden que usted dice absolutamente necesaria, se contentará con la súplica que le reitero. Adiós, señor. En..., a 27 de agosto de 17... |
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Muy señor mío: Parece que la conducta que ha tenido usted conmigo no se ha propuesto más que aumentar de día en día los motivos de queja que me daba. Su obstinación en quererme hablar sin cesar de un sentimiento que yo no quiero ni debo escuchar; el abuso de mi buena fe o de mi timidez, que no ha dudado hacer usted para entregarme sus cartas; el medio sobre todo, me atrevo a decirlo, poco delicado de que se ha servido para que recibiese su última, sin temer a lo menos el efecto de una sorpresa que podía comprometerme; todo me autoriza a hacerle a usted reconvenciones tan fuertes como merecidas. Sin embargo, en vez de recordar estos agravios, me limito a pedirle una cosa tan simple como justa, y si la obtengo, consiento en que todo quede olvidado. Usted mismo me ha dicho que no debo temer una repulsa; y aunque por efecto de una inconsecuencia propia de usted esta frase va seguida de la repulsa única que podía hacerme , quiero creer que hoy cumplirá una palabra dada formalmente hace tan pocos días. Deseo, pues, que tenga la complacencia de alejarse de mí, de dejar esta quinta en donde una estancia más larga de su parte no produciría sino el exponerme más al juicio de un público siempre pronto a pensar mal y a quien sobradamente ha acostumbrado usted a fijar la vista sobre las mujeres que le admiten en su compañía. Habiendo sido advertida mucho tiempo ha por mis amigos de este peligro, he descuidado sus insinuaciones y casi sostenido el parecer contrario, mientras la conducta de usted conmigo me ha podido hacer creer que no quería confundirme con el montón de mujeres a quienes ha dado justos motivos de queja; mas hoy que me trata ya como a ellas, y que no puedo ignorarlo, tengo precisión de adoptar este partido por los miramientos que debo al público, a mis amigos y a mí misma. Bien pudiera decirle que nada adelantaría con negarme lo que le pido, pues estoy decidida a partir si usted se queda; pero no intento ocultar cuán agradecida le estaría si quisiese tener esa complacencia, y al contrario, le hago saber que obligándome a partir, me incomodaría en los planes que tengo formados. Apresúrese, pues a probarme lo que me ha dicho tantas veces de que las mujeres honradas nada tendrán que temer de su parte, o a lo menos que cuando usted las ofende sabe reparar sus agravios. Para fundamentar mi ruego me bastaría recordarle que la conducta de toda su vida lo hace indispensable, y sin embargo en sus manos ha estado que yo no tuviera que hacerlo nunca. Pero no recordemos cosas que quiero olvidar y que me obligarían a juzgarle severamente en el momento en que le ofrezco la ocasión de merecer mi gratitud. La conducta de usted va a indicarme cuáles son los sentimientos con que deberá mirarle siempre su más atenta servidora, etc. En..., a 25 de agosto de 17... |
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Muy señora mía: Me rindo a los consejos que una amiga como usted, se sirve darme. Acostumbrada a conformarme con su dictamen, lo estoy también a creer que está fundado en razón. Confieso, además, que el vizconde de Valmont debe ser con efecto infinitamente peligroso, si puede a la vez fingir de ser lo que parece aquí, y continúa siendo como usted lo pinta. Sea como fuere puesto que usted lo exige, le alejaré de mi lado; a lo menos, haré todo lo posible para ello; porque muchas veces las cosas más sencillas, vienen a ser, por la forma, las más embarazosas. Me parece impracticable el empeñar en ello a su tía; esta súplica sería una decepción respecto a ella y a su sobrino. No puedo toma: tampoco, sin repugnancia, el partido de alejarme yo misma; pues además de los motivos que le tengo expuestos, con relación a mi marido, si mi partida contrariara al señor de Valmont, ¿no le sería muy fácil seguirme a París? Y su regreso, de que yo sería la causa o a lo menos, a él le parecería así, ¿no se tendría por más extraño que un simple encuentro con él en el campo, y en casa de una señora que se sabe es parienta suya y amiga? No me queda otro recurso que obtener de él se aleje voluntariamente; conozco que esta proposición es difícil de hacer. Como me parece que desea probarme, que es mas hombre de bien de lo que se supone, no desespero de lograrlo y aun no sentiré intentarle y tener una ocasión de juzgar, si como lo suele decir a menudo, las mujeres verdaderamente honradas no han tenido ni tendrán jamás motivo de quejarse de sus procederes. Si desecha mi proposición y se obstina en quedarse, siempre estaré a tiempo de partir yo misma; esto se lo prometo. Vea, señora, todo lo que su amistad exige de mí; me apresuro a satisfacerla, y a probar que, a pesar de la viveza que he podido poner en defensa al señor de Valmont, no estoy menos dispuesta no sólo a escuchar, sino también a seguir los consejos de mis amigos. Quedo de usted, etc. En..., a 25 de agosto de 17... |
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Muy señor mío: Sin duda no hubiera visto usted carta mía, si la conducta necia que tuve anoche, no me forzase hoy, a entrar en explicaciones. Sí, señor, he llorado, lo confieso; puede ser también que se me hayan escapado las dos palabras que tiene usted tanto cuidado de citarme. Todo lo ha notado usted, las lágrimas y las palabras. Es necesario, pues, explicarlo todo. Acostumbrada a no inspirar sino sentimientos honrados, a no oír sino discursos que pueda escuchar sin sonrojarme, a gozar, por consiguiente, de una seguridad que me atrevo a decir que merezco, no puedo ni disimular ni impedir las impresiones que siento. La admiración y perplejidad en que me pone el proceder de usted, yo no sé qué temor inspirado por un situación en que creí no haber tenido que hallarme jamás; tal ve la idea repugnante de verme confundida con las mujeres que usted desprecia y tratada tan ligeramente como ellas, todas estas causas reunidas han provocado el llanto que ha visto usted y han podido hacerme decir (creo que con razón) que era desdichada. Esta expresión que halla usted tan fuerte, sería, seguro, demasiado débil aún, si mis lágrimas y mis palabras hubiesen provenido de otro motivo. Si en vez de desaprobar unos sentimientos que deben ofenderme, hubiese temido el acogerlos. No, señor, no tengo este miedo; y si lo tuviese huiría cien leguas de usted; iría a llorar a un desierto la desgracia de haberlo conocido. Acaso, a pesar de la certeza que tengo de que no le amo y de que no le amaré nunca, hubiera hecho mejor en seguir los consejos de mis amigos y no haberlo dejado acercarse jamás a mí. He creído, éste es mi único yerro, que usted respetaría a una mujer honrada, que no deseaba sino ver en usted la misma calidad y hacerle justicia, que lo defendía cuando la ultrajaba ya con sus intenciones criminales. No me conoce usted, no señor, no me conoce. De otro modo no hubiera creído poder fundar sus pretendidos derechos en sus mismas faltas: porque usted me ha dicho proposiciones que yo no debía haber escuchado. No se hubiera creído autorizado a escribir una carta que yo no debía leer; y ahora me pide que yo guíe su conducta y dicte sus discursos. Pues bien el silencio y el olvido son los consejos que me cumple dar a usted y a usted el seguirlos. Entonces tendrá derecho a mi indulgencia y aún dependería de usted tenerle a mi reconocimiento... Pero yo no pediré nada a quien me ha faltado al respeto. No daré más prueba de confianza a quien ha abusado de mi seguridad. Usted me fuerza a temerle y acaso a detestarle. Yo no le quería; no deseaba ver en usted sino un sobrino de mi más respetable amiga y oponía la voz de la amistad a la voz pública que le acusaba. Usted ha destruido todo, y, lo veo, no querrá reparar nada. Me limitó a declararle, caballero, que sus sentimientos me ofenden, que su declaración me ultraja y, sobre todo, que, lejos de llegar a acogerlos un día, usted me obligaría a no verlo jamás, si no se impusiese en este punto el silencio que me parece tengo derecho de esperar y aun de exigir. Incluyo en esta carta la que me ha escrito y espero que también tendrá la bondad de volverme la mía. Sentiría mucho que subsistiesen trazas de un lance que no debía haber ocurrido jamás. Quedo de usted, etc. En..., a 21 de agosto de 17... |
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Muy señora mía: Tendrá usted sin duda gusto en saber un rasgo del señor de Valmont, que contrasta mucho, en mi concepto, con aquellos con que se le ha representado. ¡Es tan penoso el pensar desventajosamente de cualquier cosa que sea, y tan sensible no encontrar sino vicios en aquellos que tendrían todas las cualidades necesarias para hacer amar la virtud! En fin usted gusta tanto de emplear la indulgencia que es obligarla el oírsele motivos para corregir un juicio demasiado riguroso. El señor de Valmont me parece que tiene fundamento para esperar ese favor y casi diré esa justicia: y vea por qué lo pienso. Esta mañana ha dado uno de aquellos paseos que podían hacer sospechar que tenía algún proyecto en estas cercanías, idea que usted mismo tuvo y que me acuso de haber adoptado con demasiada ligereza. Felizmente para él, y sobre todo para nosotros, pues nos impide ser injustos, uno de mis criados debía ir hacia la misma parte*, y de este modo mi curiosidad, reprensible pero feliz, ha quedado satisfecha. Nos ha contado que Valmont, habiendo hallado en el lugar de... una familia numerosa a quien se le estaban vendiendo los muebles porque no había pagado los impuestos, no sólo se apresuró a pagar por aquellas pobres gentes, sino que además les dio una suma bastante considerable. Mi criado ha sido testigo de esta acción generosa, y me ha contado también que los aldeanos, hablando entre ellos y con él, habían dicho que un criado, que han designado, y el mío piensa que es el de Valmont, había tomado ayer informes en el mismo lugar acerca de los vecinos que podían tener necesidad de auxilios. Siendo así, ya no es sólo una compasión pasajera determinada por la circunstancia, es un proyecto decidido de hacer el bien, es una beneficencia cuidadosa, es la virtud más hermosa de las almas bellas; pero sea puro azar o proyecto, es una acción honrada y loable, y que al oírla me ha enternecido hasta hacerme derramar lágrimas. Añadiré además, y siempre para hacerle justicia, que cuando le he hablado de esta acción, de la cual no decía una palabra, comenzó por negarla, y cuando la admitió parecía darle tan poco valor, que su modestia redoblaba su mérito. Ahora, dígame usted, mi respetable amiga: ¿el señor de Valmont es en efecto un libertino incorregible? Si no es otra cosa y se conduce así, ¿qué les queda por hacer a los hombres de bien? ¡Cómo! ¿Los malvados partirían con los buenos el placer sagrado de la beneficencia? ¿Dios permitiría que una familia virtuosa recibiese de la mano de un pícaro los socorros de que ella daría gracias a su divina Providencia? ¿y podría complacerse en oír a sus labios puros echar bendiciones a un réprobo? No, quiero mejor creer que sus errores, aunque de larga duración, no son eternos y no puedo pensar que quien hace el bien sea enemigo de la virtud. El señor de Valmont es sólo acaso un ejemplo más del peligro que suelen tener las amistades. Me detengo en esta idea que me agrada. Si por una parte puede servir para justificarle con usted, por otra me hace apreciar más y más la tierna amistad que me une con usted para toda la vida. Tengo el honor de ser, etc. P. D. La señora de Rosemonde y yo vamos en este momento a ver también a la familia desgraciada y a unir nuestros socorros tardíos a los de Valmont. Haremos que nos acompañe y por lo menos daremos a estas buenas gentes el gusto de que vuelvan a ver a su bienhechor. Esto es creo, lo único que nos ha dejado por hacer. En..., a 20 de agosto de 17... |
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Muy señora mía: Su severa carta me hubiese asustado si no hubiera hallado aquí más motivos de seguridad que los que usted me da para desconfiarme. El sensible Valmont, que debe imponer terror a todas las mujeres, ha dejado sus mortíferas armas a la entrada de esta quinta. Lejos de formar proyectos en ella, no tiene siquiera pretensiones, y su cualidad de hombre amable, que le conceden aun sus enemigos, desaparece para no dejar ver sino un hombre liso y llano. El aire del campo ha operado sin duda este milagro. Puedo asegurarle que a pesar de que siempre está conmigo y parece que halla gusto en mi compañía, no se le ha escapado una sola palabra que tenga visos de amor, ni aun ninguna de aquellas frases que todos los hombres se permiten, sin tener como él, lo que es preciso para que se les excusen. Jamás obliga a aquella reserva que hoy toda mujer, que sabe portarse con decencia, está precisada a observar para contener a los hombres que la rodean. Sabe no abusar de la alegría que inspira; y aunque es tal vez un poco adulador, lo hace con tal delicadeza que sería capa de acostumbrar a la modestia misma al elogio. En fin, si yo tuviese un hermano desearía que fuese como Valmont. Muchas mujeres acaso desearían que se mostrase más galante, pero yo le agradezco infinitamente haya sabido juzgarme bien para no confundirme con ellas. Este retrato es sin duda muy diverso del que me hace usted y, sin embargo, los dos pudieran ser fieles si se determinan las épocas. Él mismo conviene en que ha hecho muchas locuras y que también le habían imputado algunas; pero he hallado pocos hombres que hayan hablado de las mujeres honradas con más respeto, y casi diré con más entusiasmo. Usted me enseña que a lo menos en este punto no engaña, y su proceder con la marquesa de Merteuil es una prueba. Nos habla de ella muchas veces y siempre con tanto elogio y con aire de estimarla tanto que antes de recibir vuestra carta he pensado que lo que él llamaba amistad entre los dos era verdaderamente amor. Me acuso de este juicio temerario en el cual tengo yo tanta culpa cuanto él mismo a menudo se ha tomado trabajo de justificarla. Confieso que yo reputaba fineza lo que de su parte es sólo franqueza y sinceridad. Y no sé, pero me parece que el que es capaz de profesar una amistad tan constante a una mujer tan estimable no es un libertino incorregible. Ignoro si la conducta juiciosa que observa aquí es efecto de algunos proyectos que tenga en estas cercanías como usted supone. Hay en ellas pocas mujeres amables y sale muy poco, excepto por las mañanas; pero entonces dice que va a cazar. Rara vez trae caza, mas él mismo confiesa que es poco diestro en este ejercicio. Por otra parte me inquieta poco lo que pueda hacer fuera de casa, y si desease saberlo sería por tener una razón más, o para agregarme al dictamen de usted o para traer a usted al mío. En cuanto a lo que usted me propone de contribuir a que Valmont haga corta mansión aquí me parece muy difícil atreverme a decir a su tía que no le tenga en su casa, tanto más cuanto que lo quiere mucho. Sin embargo prometo a usted, más por condescendencia que por necesidad, que aprovecharé la ocasión de pedirle así, o bien a ella, o bien a él mismo. Por lo que hace a mí, como mi marido sabe que mi intención es el permanecer aquí hasta su vuelta, extrañaría con razón la ligereza que me hacía mudar de pensamiento. Vea usted, amiga mía, unas explicaciones bien largas pero he creído arreglado a lo justo el dar un testimonio ventajoso para el señor de Valmont y del cual me parece tiene gran necesidad ante usted. No por eso agradezco menos la amistad que ha dictado sus con lejos. A ella debo también todas las cosas finas que me dice soba el retardo del casamiento de su hija. Quedo muy reconocida por ellas, pero por más placer que yo me prometa, pasando esos momentos con usted, los sacrificaré gustosa al deseo de ver que su hija sea más pronto feliz, si es que puede serlo nunca más que al lado de una madre tan digna de su ternura y de su respeto. Yo la acompaño en esos sentimientos que me inclinan a usted de los que le pido reciba con bondad la sincera expresión. |
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