| tourvel_lap ( @ 2006-09-27 11:06:00 |
CARTA XC: LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT
Muy señor mío: Tendré mucha satisfacción en que esa carta no le cause el más ligero sentimiento, y que en el caso de que le ocasione alguno, que pueda templarse con el que yo experimento al escribírsela. Usted debe conocerme bastante ahora para estar bien seguro de que mi intención no es la de afligirle, así como la de usted no será tampoco la de sumergirme en una eterna desesperación. Suplícole, pues, en nombre de la tierna amistad que le he prometido, y aun de los sentimientos quizás más vivos, pero seguramente no tan sinceros, que usted me ha manifestado, que no volvamos a vernos. Márchese pues, y hasta que esto se verifique, evitemos toda conversación particular y peligrosa, en que, por un poder inconcebible, sin lograr jamás decir a usted lo que quiero, paso el tiempo en escuchar lo que no debiera oír.
No tenía otra cosa más presente ayer, cuando vino a buscarme al parque, que decirle lo que le escribo hoy, y, sin embargo, no hice más que ocuparme de su amor... de su amor... al que no debo corresponder jamás. ¡Ah! le pido por favor que se aleje de mí. No tema que mi ausencia
entibie mis sentimientos hacia usted; ¿y cómo he de vencerlos, cuando no tengo ya valor para combatirlos? Usted ve como todo se lo digo; pues temo menos confesar mi debilidad, que sucumbir a ella; pero este imperio que he perdido sobre mis sentimientos, le conservaré sobre mis acciones; sí, le conservaré, y estoy resuelta a ello, aunque me cueste la vida. ¡Ah! no hace mucho tiempo que yo me creía segura de no tener que sostener jamás semejante combate. Yo me daba el parabién, y quizá me gloriaba demasiado. El cielo ha castigado cruelmente este orgullo; pero lleno de misericordia, al paso que nos castiga, nos advierte también antes que caigamos; y sería dos veces culpable si continuase en ser imprudente, conociendo mi debilidad.
Cien veces ha dicho usted que no quería una felicidad comprada con mis lágrimas. ¡Ah! no hablemos ya de felicidad; pero déjeme a lo menos que recobre alguna tranquilidad. Si usted me concede lo que le pido, ¡qué nuevos derechos adquirirá sobre mi corazón! Y si éstos se fundasen sobre la virtud, no podré menos de aceptarlos. ¡Cuán agradable será mi reconocimiento! Le deberé la dulzura de gozar sin remordimientos de un deliciosa placer, cuando ahora, por el contrario, horrorizada de mis pensamientos, tiemblo ocuparme igualmente de usted que de mí. La idea sola de usted me estremece, y cuando no puedo echarla de mí, trato de combatirla; no la dejo, pero la rechaza.
¿No sería mejor para ambos el hacer cesar este estado de turbación y de ansiedad?
¡Oh, caro vizconde, cuya alma siempre sensible, aun en medio de sus errores, ha conservado amor a la virtud, tenga consideración a mi deplorable estado, y no rebase mi súplica! Un interés más dulce, pero no menos tierno, sucederá a estas violentas agitaciones. Entonces respiraré con sus beneficios; desearé vivir, y diré, en medio de la alegría de mi corazón: ¿Cree usted comprar a un precio excesivo el fin de mis tormentos, con someterse a unos ligeros sacrificios, que lejos de imponerlos, se los suplico? ¡Ah! si para hacerle feliz fuera necesario consentir en ser desgraciada, créame que no dudaría un momento en ello; para ser culpable... no, no, amigo; antes moriré mil veces.
Avergonzada, y en vísperas de ser atacada por los remordimientos, temo a los otros y a mí misma. Me sonrojo cuando estoy en sociedad, y me estremezco cuando estoy sola. No arrastro ya más que una vida dolorosa, y no estaré tranquila sino cuando usted quiera. Por más loables que sean mis resoluciones, no bastan para asegurarme. He formado ésta desde ayer, y, sin embargo, he pasado toda la noche llorando. Vea a su amiga, aquella que usted ama, pedirle confusa y rendida el reposo de su inocencia.
¡Ay, Dios mío! Si usted no mediara, ¿me hubiera visto nunca precisada a hacer una súplica tan humillante? Nada le echo en cara. Demasiado conozco por mí misma cuán difícil es resistir a una pasión dominante. Una queja no es una murmuración. Haga usted por generosidad lo que yo hago por obligación, y agregárase a los sentimientos que me ha inspirado el de un eterno reconocimiento. Adiós, adiós, señor vizconde.
De..., el 27 de septiembre de 17...
No tenía otra cosa más presente ayer, cuando vino a buscarme al parque, que decirle lo que le escribo hoy, y, sin embargo, no hice más que ocuparme de su amor... de su amor... al que no debo corresponder jamás. ¡Ah! le pido por favor que se aleje de mí. No tema que mi ausencia
entibie mis sentimientos hacia usted; ¿y cómo he de vencerlos, cuando no tengo ya valor para combatirlos? Usted ve como todo se lo digo; pues temo menos confesar mi debilidad, que sucumbir a ella; pero este imperio que he perdido sobre mis sentimientos, le conservaré sobre mis acciones; sí, le conservaré, y estoy resuelta a ello, aunque me cueste la vida. ¡Ah! no hace mucho tiempo que yo me creía segura de no tener que sostener jamás semejante combate. Yo me daba el parabién, y quizá me gloriaba demasiado. El cielo ha castigado cruelmente este orgullo; pero lleno de misericordia, al paso que nos castiga, nos advierte también antes que caigamos; y sería dos veces culpable si continuase en ser imprudente, conociendo mi debilidad.
Cien veces ha dicho usted que no quería una felicidad comprada con mis lágrimas. ¡Ah! no hablemos ya de felicidad; pero déjeme a lo menos que recobre alguna tranquilidad. Si usted me concede lo que le pido, ¡qué nuevos derechos adquirirá sobre mi corazón! Y si éstos se fundasen sobre la virtud, no podré menos de aceptarlos. ¡Cuán agradable será mi reconocimiento! Le deberé la dulzura de gozar sin remordimientos de un deliciosa placer, cuando ahora, por el contrario, horrorizada de mis pensamientos, tiemblo ocuparme igualmente de usted que de mí. La idea sola de usted me estremece, y cuando no puedo echarla de mí, trato de combatirla; no la dejo, pero la rechaza.
¿No sería mejor para ambos el hacer cesar este estado de turbación y de ansiedad?
¡Oh, caro vizconde, cuya alma siempre sensible, aun en medio de sus errores, ha conservado amor a la virtud, tenga consideración a mi deplorable estado, y no rebase mi súplica! Un interés más dulce, pero no menos tierno, sucederá a estas violentas agitaciones. Entonces respiraré con sus beneficios; desearé vivir, y diré, en medio de la alegría de mi corazón: ¿Cree usted comprar a un precio excesivo el fin de mis tormentos, con someterse a unos ligeros sacrificios, que lejos de imponerlos, se los suplico? ¡Ah! si para hacerle feliz fuera necesario consentir en ser desgraciada, créame que no dudaría un momento en ello; para ser culpable... no, no, amigo; antes moriré mil veces.
Avergonzada, y en vísperas de ser atacada por los remordimientos, temo a los otros y a mí misma. Me sonrojo cuando estoy en sociedad, y me estremezco cuando estoy sola. No arrastro ya más que una vida dolorosa, y no estaré tranquila sino cuando usted quiera. Por más loables que sean mis resoluciones, no bastan para asegurarme. He formado ésta desde ayer, y, sin embargo, he pasado toda la noche llorando. Vea a su amiga, aquella que usted ama, pedirle confusa y rendida el reposo de su inocencia.
¡Ay, Dios mío! Si usted no mediara, ¿me hubiera visto nunca precisada a hacer una súplica tan humillante? Nada le echo en cara. Demasiado conozco por mí misma cuán difícil es resistir a una pasión dominante. Una queja no es una murmuración. Haga usted por generosidad lo que yo hago por obligación, y agregárase a los sentimientos que me ha inspirado el de un eterno reconocimiento. Adiós, adiós, señor vizconde.
De..., el 27 de septiembre de 17...